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Manuel Gil Antón

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Un montón no es un sistema

Gil-Antón, Manuel. (noviembre 19, 2011). Un montón no es un sistema. El Universal. Recuperado de: elprofegil.wordpress. https://elprofegil.wordpress.com/articulosperiodicos/ 2011-11-19

¿Quién puede estar en contra de que haya más universidades o, si se quiere ser más preciso, de que se incremente el número de instituciones de educación superior en México? Si acaso, pocos. Estos espacios de acceso al conocimiento, la cultura, el aprendizaje y ejercicio de la crítica —sitios sociales para el encuentro con otros, distintos pero parte de un nosotros posible— son muy valiosos.

Y contra más y mejores, repletos de jóvenes o mayores con entusiasmo y ganas de saber, seremos un país más ancho, incluyente, cuyo porvenir pase por donde tiene que andar: por el camino de la equidad y la fortaleza de su saber fundado.

Hay, sin embargo, un asunto que si no se atiende con cuidado, puede dar al traste con las mejores intenciones: no es lo mismo que las instituciones crezcan y se multipliquen o surjan nuevas sin más y ajenas a las otras, al proceso de apertura de nuevos campus con base en un programa de crecimiento cuyo horizonte no se agote en la siguiente inauguración.

Es lo que hace tan diferente a un amontonamiento de escuelas de la construcción de un sistema, o varios, si modificamos el alcance de la mirada y nos hacemos cargo de la diversidad de situaciones, contextos y posibilidades educativas en diferentes regiones de la república.

Si cada universidad pública, en pleno uso de su autonomía; si todas las modalidades institucionales con las que cuenta el Estado para dotar de este servicio —institutos tecnológicos, universidades no convencionales y escuelas normales, entre otras— con la mejor voluntad deciden ampliar su oferta en donde les plazca, e incluimos las iniciativas privadas en la materia que no tienen afán de lucro, corremos el riesgo de amontonar planteles dejando pasar la oportunidad de generar nuevas opciones de estudio, con base en una perspectiva de desarrollo compartida, que no confunda crecer con hincharse, que no suponga que la (simple) multiplicación de aulas o sistemas abiertos, mixtos, a distancia o combinados genera lo que es necesario: un entramado inteligente, comunicado y flexible, de subsistemas regionales de educación media y superior que conforme al, entonces sí bien llamado, sistema nacional de educación superior.

Un sistema dista mucho de ser un agregado y aún más del amontonamiento de iniciativas unilaterales: se basa en la vinculación de sus componentes para generar, por sus relaciones, una alternativa más amplia de inclusión social y desarrollo del conocimiento que supera, con mucho, a la suma de elementos inconexos, aunque cada uno fuese de muy buena calidad.

Cuando los responsables de las universidades reclaman al gobierno, con tino, una política de Estado en la dotación de recursos, por las mismas razones —para ser coherentes— ellos deberían integrar espacios de coordinación que permitan concebir y echar a andar conjuntos orgánicos de atención a las necesidades del país que rebasen la perspectiva del crecimiento institucional aislado. Urge adoptar el horizonte propio de un programa, sin el límite sexenal o el corto plazo de las rectorías, que se comprometa a construir un sistema de educación superior que distinga necesidades regionales y retos específicos en materia de investigación de punta para hacer viable al planeta, incremente la inclusión con calidad, el desarrollo del conocimiento en paridad con los sitios más avanzados del mundo, la ampliación del contacto con la cultura y contribuir al ejercicio de la crítica fundada.

Las instancias de coordinación existen. Un ejemplo es la Asociación de Universidades e Instituciones de Educación Superior, Anuies. No es poco lo que se logra, pero no basta. ¿Política de Estado? Es tiempo de pensar, entonces, en una secretaría de ese nivel que cuente con mecanismos de agrupación organizada de entidades educativas y científicas para —desde ahí, y con visión federalista— proponer una nueva generación de estrategias con el fin de lograr lo que hoy nos hace falta: un proyecto nacional, articulador de iniciativas regionales, para el desarrollo diverso, variado pero inteligente, del futuro de la educación superior, la ciencia, la innovación tecnológica y el fortalecimiento de las humanidades. No es fácil. Sólo necesario.




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