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Miguel Alejandro González Ledesma

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Los cuatro maestros (académicos) del revólver

González-Ledesma, M.A. (diciembre 04, 2025). Los cuatro maestros (académicos) del revólver. Campus Milenio Núm. 1118. 2025-12-04

Quienes recuerdan la película El topo (1970) de Alejandro Jodorowsky tienen presente a los maestros del revólver: figuras extremas, cada una atrapada en una virtud llevada al límite hasta volverse defecto. Sin desierto, y con un poco menos de metafísica, en la academia sucede algo parecido. La dirección de tesis, territorio donde se cruzan la autoridad, la formación y la paciencia, también produce sus propios arquetipos. No pistoleros místicos, pero sí personajes que moldean, para bien o para mal, la experiencia del estudiante. Hace años tracé una tipología casi en broma, y con el tiempo descubrí que describía mejor de lo esperado a los directores que todos hemos tenido… y, quizá —hay que decirlo—, también la forma en que nosotros mismos acompañamos el trabajo de nuestros tesistas.

La relación entre estudiante y director de tesis es una de las más decisivas de la vida universitaria. En ella se juega la posibilidad de terminar un proyecto académico complejo, pero también la experiencia formativa que marcará la entrada al camino de la investigación. Y, sin embargo, pocas veces hablamos abiertamente del papel que juegan quienes acompañan estos procesos. No porque no existan historias, sino más bien porque abundan: anécdotas de abandono, de rigor extremo y sin sentido, de sabiduría inesperada o de terror administrativo circulan por igual entre pasillos y cafés.

La tipología comenzó como un juego para describir a mis estudiantes de metodología cuatro figuras arquetípicas de directores de tesis. El objetivo era hablar de la formación de conceptos en Ciencias Sociales, pero las figuras resultantes siguen teniendo sentido frente a los temores, experiencias y expectativas de las y los jóvenes que ingresan al programa de posgrado en el que soy docente. El esquema se organiza en dos ejes. El primero oscila entre la supervisión (quien te dice qué hacer) y la asesoría (quien te orienta sin prescribir). El segundo va de la disponibilidad (presente, atento) a la esquivez (ocupado, inaccesible, desinteresado). De la combinación surgen cuatro estilos de dirección reconocibles.

El primero es Shifu, el maestro estricto. Vive en el territorio de la supervisión y la disponibilidad. Considera la tesis un entrenamiento para los rigores de la vida académica. Corrige con severidad, exige puntualidad y espera un nivel de compromiso que a veces roza lo monástico. Es una persona que nunca abusa de su autoridad, pero que tampoco negocia el rigor. Los estudiantes supervisados por un Shifu suelen quejarse al principio, pero al final lo agradecen. Y es que detrás de su dureza hay ética formativa y convicción de que el oficio intelectual requiere disciplina. Puede ser áspero en el trato, pero pocas veces actúa con arbitrariedad o injusticia.

A la derecha aparece Yoda, maestro de la asesoría y la disponibilidad, capaz de ver las fortalezas y debilidades del estudiante sin humillarlo. En grado de orientar con preguntas, Yoda lee, escucha y sugiere. Para él o ella, la tesis representa la oportunidad para encontrar una voz propia, por eso su autoridad radica en su capacidad de acompañar sin dirigir. Sus comentarios, incluso los crípticos (Yoda habla al revés), suelen llegar en el momento exacto.

El Academic Coach, situado en el cuadrante inferior derecho, se caracteriza por su esquivez. Cree firmemente que el estudiante es capaz de ir por su cuenta, sin embargo, su ausencia prolongada termina por convertir esa confianza en abandono. Su fuerte es revisar la redacción de borradores o recordar al estudiante fechas administrativas importantes. Quien trabaja con un Coach tiene que aprender a valerse por sí mismo y a desconfiar en la idea de que la tesis pueda hacerse sin guía.

Finalmente está Sauron, supervisor esquivo y malvado. Considera que su papel es dar indicaciones sobre qué hacer. Por lo general está siempre ocupado(a), así que las reuniones de trabajo —ya de por sí esporádicas— se llevan a cabo con independencia del desarrollo del proyecto. Casi siempre se presenta sin haber leído avances, por lo que exige cambios generales y sugiere rumbos contradictorios. Se respeta por temor: su firma es necesaria, su estilo es impredecible y su presencia se experimenta como amenaza más que como apoyo. Para muchos estudiantes, sobrevivir a un Sauron es casi un rito de pasaje académico.

En la dirección de tesis se mezclan la sobrecarga administrativa, la precariedad del personal académico, las estructuras jerárquicas que caracterizan a la universidad como institución y la ambigüedad de las expectativas formativas de las y los alumnos. Un director puede ser Shifu por convicción pedagógica, Yoda por vocación humanista, Coach por desinterés o Sauron por desgaste o mala leche.

Los maestros del revólver en El topo lo son porque llevan al extremo sus destrezas (velocidad sin pensamiento, perfección técnica, precisión absoluta o dominio espiritual). En la academia, nuestros arquetipos de dirección revelan formas igualmente caricaturescas de dirigir un trabajo de tesis. Obviamente un buen acompañamiento doctoral, de maestría o de licenciatura requiere momentos de supervisión, momentos de asesoría, una presencia suficiente y la distancia necesaria para propiciar autonomía. Al final, como en la trama de Jodorowsky, el problema no es la figura, sino la incapacidad de integrar cualidades sin caer en sus excesos.




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