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Roberto Rodríguez Gómez

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Rankings universitarios ¿Un oscuro objeto del deseo? Primera parte

Rodríguez-Gómez, R. (noviembre 16, 2006). Rankings universitarios ¿Un oscuro objeto del deseo? Primera parte. Suplemento Campus Milenio. Núm. 201 2006-11-16

En español el término "ranking" puede ser traducido como "clasificación", ya que el Diccionario de la Lengua Española define este término como la acción transitiva de "ordenar o disponer por clases" y como verbo plurinominal que significa "obtener determinado puesto en una competición". De eso se trata, precisamente. Un ranking es una lista jerarquizada de objetos de una misma clase, elaborada según uno o varios criterios de ordenamiento que fijan las posiciones de tales objetos en ésta.

Pero generalmente se usa el témino en inglés en parte, quizás, porque confiere el aura de lo internacional, pero probablemente también para eludir el significado que también tiene la palabra clasificación como la acción de separar o diferenciar tipos de objetos. Como sea, cuando se habla de "ranking universitario" se sabe, o puede fácilmente intuirse, que se trata de una lista de posiciones en la que aparecerán, por orden de importancia, los nombres de las instituciones que han sido calificadas. En cambio, la denominación "clasficación de universidades" trae a la mente un catálogo organizado por tipos institucionales.

Los rankings universitarios están de moda, aunque su historia tiene ya algún tiempo. En cierto modo es ancestral. La idea de "la mejor universidad" se remonta hasta los orígenes mismos de esta institución que, como se sabe, surgió en Europa en el ocaso de la baja Edad Media. En aquel contexto era frecuente que los estudiantes y también los maestros emprendieran auténticos periplos en búsqueda de las mejores condiciones para su desarrollo profesional. El término "peregrinatio academica" describe justamente ese fenómeno.

El prestigio de las universidades medievales era condición fundamental para su supervivencia. Según es fama, Bolonia y Ferrara ofrecían la mejor formación en derecho, París y Oxford en teología y Padua en Medicina. De Salamanca se escribió en el siglo XV "en ninguna otra provincia cristiana florece la enseñanza como en este lugar", y París era conocida como la Atenas del Norte, gracias a su universidad. Hacia 1553, Francisco Cervantes de Salazar calificaba a los profesores de la recién creada universidad de México como "versadísimos en todas las ciencias (...), nada vulgares y como hay pocos en España".

Si bien en aquel entonces no existía algo similar a nuestros modernos rankings, la fama de las universidades circulaba con amplitud y orientaba las decisiones de los estudiantes; éstos, en cierto sentido, "votaban con los pies". ¿En qué se basaba el prestigio de las grandes universidades del mundo medieval? En sus maestros, principal y casi exclusivamente.

No muy distinta es la situación que encontramos en las universidades del renacimiento decimonónico y en la primera mitad del siglo XX. Con una importante diferencia, sin embargo: la creciente importancia de la ciencia y del papel de los científicos en el proceso de generación de prestigios institucionales. Las universidades estadounidenses, que en la actualidad se ubican en los primeros sitios de cualquier ranking universitario de alcance internacional, consiguieron despegar de su condición de escuelas profesionales a la de universidades, en toda la extensión de la palabra, gracias a la migración de talentos científicos provenientes del viejo mundo. Los años de Einstein en Princeton, con ser sólo un botón de muestra, dan cuenta de la continuidad histórica del fenómeno de prestigio que venimos refiriendo.

Se trata, en suma, de un gran relato: las mejores universidades son aquellas que cuentan con los mejores académicos. Dado que, de un tiempo a esta parte, el indicador príncipe de la calidad académica es la producción científica, la hipótesis se redondea al combinar los factores de prestigio con ciertas variables de productividad. Como veremos en la próxima entrega, los rankings universitarios ha buscado combinar estos factores adjudicando pesos diferenciales a determinados aspectos, con mayor o menor fortuna.

Por ahora resta recordar que la lógica antingua del prestigio basado en la reputación, y la moderna del prestigio confirmado en datos, encuentran un común denominador en las finalidades de legitimar, proyectar o valorizar cierto orden de actividad. Es obvio que el énfasis de tales finalidades está modulado por el carácter público o privado de las instituciones. Es menos obvia la pregunta ¿porqué las universidades públicas requieren confirmar su valor social a través de instrumentos tales como los rankings?




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