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Roberto Rodríguez Gómez

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Universidad transnacional. Consumo y desarrollo en México. Segunda parte

Rodríguez-Gómez, R. (junio 16, 2005). Universidad transnacional. Consumo y desarrollo en México. Segunda parte. Suplemento Campus Milenio. Núm. 133 2005-06-16

La semana pasada iniciamos el examen del tema. Señalamos algunos elementos que describen la situación del país sobre al comercio transnacional de servicios de educación superior. En resumen, que pese a existir una postura gubernamental favorable a la inversión extranjera en el sector, la llegada de capitales foráneos con el propósito de acceder al mercado local de estudios superiores, ha sido más bien gradual, e incomparablemente menos agresiva que la ocurrida en otras industrias de bienes o servicios. Las causas de tal comportamiento, aparentemente paradójico, pueden ser localizadas en ambas partes de la ecuación del comercio: la oferta y la demanda.

En primer lugar, hay que recordar que las más prestigiadas universidades del mundo no han requerido movilizar oferta educativa más allá de sus fronteras, por la simple razón de que su prestigio académico garantiza un flujo constante de estudiantes del extranjero hacia sus instalaciones. A pesar de los costos, el número de estudiantes que emprende la peregrinatio academica a los principales centros universitarios del mundo es creciente.

Según la UNESCO, el número de estudiantes extranjeros en instituciones de nivel terciario (técnico superior, licenciatura y postgrado) se aproxima a dos millones y medio. De ellos, la mitad en Europa, el treinta por ciento en Norteamérica, y el resto repartido en América Latina, Oceanía, Asia y África. Un reducido grupo de países (EUA, Francia, Alemania, Reino Unido y Australia) concentra dos terceras partes de la demanda. Estados Unidos cuenta con casi seiscientos mil estudiantes extranjeros, y los demás países del grupo con más de doscientos mil cada uno. En EUA la matrícula extranjera representa el cinco por ciento del estudiantado universitario, mientras que en Francia, Alemania y el Reino Unido la proporción se eleva a diez por ciento respectivamente, y en Australia alcanza el veinte por ciento (véase UNESCO, Global Education Digest 2005).

En Europa la movilidad estudiantil es principalmente intraregional y está apoyada en una serie de convenios y programas de la Unión Europea. En EUA, en cambio, se reciben estudiantes de todo el mundo, aunque destaca la transferencia de jóvenes asiáticos que, en conjunto, representan más del sesenta por ciento de la inmigración. Similar es el caso de Australia, que se ha convertido en un importante foco de atracción regional con un crecimiento anual cercano al diez por ciento. Es interesante notar que en los últimos tres años ha decrecido el volumen de estudiantes extranjeros en EUA, porque alumnos de India, China y Corea optaron por acudir a instituciones canadienses o australianas, con mayores facilidades de visa estudiantil.

En tales condiciones ¿cuál podría ser la razón para que universidades de primer nivel optaran por instalar sedes foráneas? Téngase en cuenta que parte del renombre de las universidades radica, precisamente, en su grado de selectividad académica, de modo que cualquier proyecto de expansión institucional está necesariamente obligado a considerar ese factor. Mientras no se interrumpa el número de solicitantes extranjeros en universidades de la talla de Harvard, Stanford, Oxford, Cambridge, Tokio, Munich, Toronto, las universidades de París, o la Universidad Nacional de Australia, la idea de “llevar el campus a los estudiantes” estará reducida a programas formales de intercambio, y acaso a la promoción de esos centros universitarios en el extranjero.

Pero, ojo, eso no quiere decir que la migración de estudiantes sea ajena al comercio internacional. Como vimos la semana pasada, la Organización Mundial de Comercio distingue cuatro modalidades de provisión. La tercera (tipo 3) se denomina “consumo en el extranjero”, y a ella corresponde el flujo de divisas involucrado. Un cálculo conservador del gasto por estudiante universitario en el exterior se aproxima a quince mil dólares al año en promedio, lo que multiplicado por el número de universitarios en esa condición resulta en una cifra superior a 35 mil millones de dólares al año.

Algunos datos de EUA ayudan a completar el panorama. Según el Instituto Internacional de Educación, los universitarios extranjeros aportan a la economía aproximadamente 13 mil millones de dólares, suma de gastos en colegiaturas, insumos escolares, alimentación y vivienda. Cerca del 75 por ciento de ellos reportan que su fuente de subsidio es o su familia o una beca otorgada en su país de origen. El 67 por ciento declaran que su única fuente de subsidio es familiar (“Open Doors 2004: International Students in the U.S.”, http://www.iiebooks.org/). Por su parte, el Departamento de Comercio de EUA declara que el comercio internacional en servicios de educación superior se ubica en el quinto lugar de todas las exportaciones de servicios del país.

Cabe agregar que prácticamente en ningún país hay mecanismos de control sobre la salida de divisas por este concepto. Al contrario, son frecuentes los casos en hay descuento de impuestos a los hogares que mantienen estudiantes en el extranjero, y todavía más frecuentes los programas de becas que favorecen la movilidad internacional. Si Mahoma va a la montaña…

Por lo expuesto, no es de extrañar que la oferta de servicios de educación superior de carácter transnacional, en la modalidad de inversión extranjera directa, se concrete a un número reducido de proveedores, y que estos sean corporaciones de carácter lucrativo, antes que universidades propiamente dichas. Dejamos pendientes tres cuestiones para la próxima semana: ¿Cuántos estudiantes mexicanos viajan al extranjero a cursar estudios superiores? ¿Cuántos están inscritos en universidades con inversión extranjera en el país? ¿Qué universidades mexicanas tienen proyectos de expansión hacia el exterior?




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