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Roberto Rodríguez Gómez

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De Babel a Jerusalén

Rodríguez-Gómez, Roberto (mayo 28, 2026). De Babel a Jerusalén. Suplemento Campus Milenio. Núm. 1140. 2026-05-28

Con el título de Magnifica Humanitas se acaba de publicar la primera carta encíclica del papa León XIV (15 de mayo 2026). Cabe aclarar que las encíclicas, al igual que las bulas papales, se denominan con las palabras que las inician. Esta comienza así: “La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva…” En todo caso, el subtítulo es más preciso: “La custodia de la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial”.

La carta abre con dos referentes. Primero. el contraste entre la mítica edificación de Babel, cuya construcción hubo de detenerse por la falta de entendimiento entre los constructores, a quienes Yahvé castigó su soberbia haciéndoles hablar en lenguas distintas y obligándolos a dispersarse, y el relato de la reedificación del Templo de Salomón gracias al entendimiento y acción colectiva del pueblo judío liberado por el rey Ciro de Persia. El segundo referente es la encíclica Rerum Novarum (de las cosas nuevas) que León III publicó el 5 de mayo de 1891, en la que se refiere a las afectaciones sobre los trabajadores, de las ciudades y el campo, como resultado de la segunda revolución industrial.

La Magnifica Humanitas consta de cinco capítulos y se desglosa en 245 párrafos. En el primer capítulo, titulado “Un pensamiento dinámico fiel al evangelio” se hace referencia al proceso de construcción de la doctrina social de la Iglesia, la cual es definida como un proceso abierto, alimentado por el conocimiento de las humanidades y las ciencias políticas y sociales y arraigado en la visión cristiana de la persona, a través del cual la Iglesia busca ofrecer respuesta a los grandes dilemas de la humanidad.

En el segundo capítulo, titulado “Una Iglesia en camino en la historia de la humanidad”, el texto sistematiza los fundamentos y principios de la doctrina social: Como fundamentos: el ser humano, imagen del Dios trinitario; la igual dignidad de todos los seres humanos y el altísimo valor de los derechos humanos. En cuanto a principios: el principio del bien común; el principio del destino universal de los bienes; el principio de subsidiariedad, según el cual “aquello que pueden hacer las personas, las familias, las comunidades locales y los cuerpos intermedios no debe ser absorbido por instancias superiores”; el principio de la solidaridad y el principio de la justicia social. Estas nociones desembocan en la idea de un desarrollo humano integral, entendido como la “capacidad de mantener unidos, sin separar, la justicia hacia las personas y la custodia de la Casa común, favoreciendo condiciones de vida digna, acceso a los bienes necesarios, relaciones sociales justas, cuidado de la creación y atención a las generaciones futuras”.

A partir del tercer capítulo, “La sabiduría de la Palabra y el diálogo con las ciencias humanas”, la carta entra propiamente en materia. En primer lugar, identifica como un riesgo para el desarrollo humano integral el que “el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo no es prerrogativa de los estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación. Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades.”

Con respecto al desarrollo de la inteligencia artificial, la carta hace notar sus ventajas instrumentales, aunque, advierte que hay aspectos que deben ser considerados como riesgos: “la facilidad para lograr el resultado, la impresión de objetividad y la simulación de la comunicación humana.” Además, señala que “la impresión de objetividad que las respuestas y las propuestas de estos sistemas pueden suscitar corre el riesgo de hacernos olvidar que estas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado y adiestrado, con todas sus virtudes y defectos”. Al no ser la inteligencia artificial moralmente neutra, la carta apunta que “es esencial que las responsabilidades estén claras en todas las etapas: desde quienes diseñan y programan los sistemas hasta quienes los utilizan y quienes resuelven confiarles las decisiones concretas.

En el cuarto capítulo, “Custodiar lo humano en la transformación. Verdad, trabajo, libertad”, la encíclica amplía y especifica las propuestas para enfrentar los riesgos identificados. En primer término, “una ecología de la comunicación: en el ámbito de las normas públicas (…); en el ámbito social y cultural, el fortalecimiento de los organismos intermedios, un periodismo serio y espacios de debate en los que primen la argumentación y la verificación por encima de la reacción inmediata; en el ámbito de la escuela y la familia (…) una nueva conciencia educativa y la formación en el uso correcto y crítico de las herramientas digitales”. Además, añade que para el ámbito de la universidad, “el gran reto de la integración de los conocimientos, formando tanto en la capacidad de conectar y fusionar saberes para interpretar la complejidad, como en las técnicas de verificación de los hechos”.

Al cuarto capítulo se agregan otras desventajas y riesgos no siempre advertidos: el trabajo que jóvenes, en su mayoría mujeres, desarrollan para programar las plataformas, a cambio de remuneraciones insignificantes. También “la extracción de los recursos necesarios para la producción de los dispositivos y microprocesadores en los que se basa la IA. En algunas regiones del mundo, adolescentes y niños trabajan en condiciones peligrosas en la trituración de los materiales de los que se obtienen las tierras raras. Cuerpos marcados, mutilados, consumidos para que el flujo de los cálculos no se interrumpa.”

En el quinto capítulo y en la sección de conclusiones, la encíclica se pronuncia por favorecer e impulsar instancias de encuentro, diálogo y acuerdos que desemboquen en una regulación ética de la responsabilidad adecuada a la generación de los instrumentos de inteligencia artificial, así como en su uso social y personal.




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