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María Herlinda Suárez Zozaya

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El oficio de estudiante o “Yo soy 132”

Suárez Zozaya, M.H. (junio 14, 2012). El oficio de estudiante o “Yo soy 132”. Suplemento Campus Milenio. Núm. 466. pp. 2012-06-14

Varias personas me han preguntado cómo explicar el hecho de que hayan sido precisamente estudiantes universitarios, de instituciones privadas, quienes constituyeron el núcleo de donde partió el movimiento “Yo soy 132”. Yo insisto en que la clave de la respuesta está en la conjugación de dos elementos: 1) su condición de estudiantes universitarios y 2) su condición juvenil. Desde mi punto de vista, la condición de clase no es algo particularmente importante, aunque debo admitir que es un hecho que protege el movimiento. Mi postura es que en la conjugación de la dimensión cultural de la condición estudiantil y de la condición juvenil es donde se encuentra la emergencia de una atmósfera que está permitiendo que se geste una nueva juventud mexicana con una “personalidad” ad-hoc a la nueva época. Me explico:

Respecto a la importancia de su condición estudiantil mi razonamiento parte de la propuesta teórica de Alain Coulon (1998), acerca de que los estudiantes universitarios “tienen oficio”. Este oficio no es espontáneo ni natural, sino que es objeto de un aprendizaje institucional e intelectual. Sostengo que la chispa que originó el movimiento fue la incomprensión del oficio de estudiante, por parte del candidato del PRI a la presidencia. Al presentarse en una universidad en busca de votos, al candidato se le olvidó que por estar en un recinto académico los jóvenes se comportarían como estudiantes; es decir que estarían preparados para discutir “el tema” y para hacer preguntas; porque esto es parte de su oficio. Lo que pasó en la Ibero era previsible, ¿esperaba el candidato del PRI que los estudiantes no le hicieran preguntas?

En cuanto a la importancia de su condición juvenil afirmo que justamente por ser jóvenes los estudiantes universitarios construyen y proyectan su presencia y representaciones imaginarias al conjunto de la sociedad desde la rebeldía contra la lógica tutelar y el autoritarismo. Por ello, sus preguntas se convierten en inquisiciones hacia quienes no les merecen confianza o contestan sus preguntas desconociendo lo que ellos y ellas saben ¿Esperaba el candidato que los estudiantes universitarios no estuvieran enterados de su actuación como gobernador del Estado de México?, ¿qué no lo inquirieran acerca del caso Atenco?

Por su parte, la “gota que derramó el vaso” fue la agresión de la que fueron víctimas los estudiantes que ejercieron su oficio. Se les acusó de “no ser más de 20”, “mayorcitos” y “acarreados”. Estas acusaciones cayeron sobre un terreno de hartazgo, abonado con la reiterada falta de reconocimiento y respeto por parte de los políticos hacia la juventud mexicana. El descontento juvenil, cultivado por años, estalló y tomó cuerpo en un movimiento que circula por las redes sociales, desde donde los y las estudiantes universitarios, como jóvenes que son, despliegan su capacidad y poder de involucramiento activo en la construcción y significación de su propia identidad; para los hoy jóvenes las redes sociales asumen un papel muy importante en la construcción de nuevos modos de “estar juntos”. Los integrantes del movimiento “Yo soy 132” han hecho un eficaz trabajo de reclutamiento de un ejército de jóvenes estudiantes universitarios que, a la fecha, están siendo el portavoz del malestar de la juventud mexicana, y de prácticamente toda la sociedad.

Justamente porque sus miembros son jóvenes el foco de atención del movvimiento está puesto en la labor de las empresas televisivas. Dada la situación de informatización obligada en la que han transcurrido las vidas de los estudiantes universitarios de hoy, estamos frente a una generación que sabe, o cuando menos intuye, que en la actualidad los procesos de dominación están emparentados con los de comunicación y que, por tanto, es crucial poner atención en las relaciones que establecen los medios con los políticos y la política.

Queda por aclarar por qué no me sorprende que hayan sido estudiantes de una universidad privada de élite quienes comenzaron el movimiento. Es cierto que su accionar no corresponde con la imagen institucional desde donde la sociedad los ha estigmatizado como “niños bien”, “hedonistas”, incapaces de ejercer en libertad su capacidad de actuar como actor político y mostrarse irreverentes hacia el orden establecido. Pero, lo cierto es que aún manteniendo su carácter distintivo, los estudiantes de las universidades privadas, y también los de las públicas, están mostrando que no son miembros anónimos de la juventud mexicana que está siendo masacrada. Estando las cosas como están en el país, lo que pasó en la Ibero pudo haber sucedido en cualquier otra universidad, pública o privada, a la que asistan jóvenes que desempeñen, cabalmente, el oficio de estudiante.




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