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María Herlinda Suárez Zozaya

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Fraude académico, ¿se vale?

Suárez Zozaya, M.H. (septiembre 06, 2007). Fraude académico, ¿se vale?. Suplemento Campus Milenio. Núm. 239. pp. 2007-09-06

Nada mejor para obtener buenas calificaciones en la escuela que saber copiar. Copiar en los exámenes ha sido una práctica común entre estudiantes que buscan engañar a sus profesores y familiares, haciéndoles creer que saben algo que no saben y son quiénes en realidad no son. En cualquier caso, el éxito depende de aceptar vivir dando y recibiendo apariencias, de tener ubicados a quiénes se les debe y puede copiar y también de la frialdad y de la naturalidad con la que se logran hacer pasar los conocimientos ajenos como si fueran propios, sin darle ninguna importancia al hecho de que se esté cometiendo fraude.

En la actualidad, están proliferando compañías que están haciendo del fraude académico su negocio. Esto es posible y resulta muy redituable hoy, porque cuando los miembros de una sociedad quedan divididos en ganadores y perdedores, y la educación se convierte en fundamento que legitima tal división y las prácticas de selectividad, la significación fraudulenta de la trampa académica pierde sentido y, en cambio, se la representa a manera de estrategia que sirve para alcanzar metas y evitar la exclusión. Claro está: el acceso a este tipo de estrategias sólo es para los que tienen los contactos o el dinero.

El negocio del fraude académico no es algo que está presente sólo en México sino que sus promotores suelen ser compañías y agencias ubicadas en los países ricos del mundo que anuncian, frecuentemente por internet, la posibilidad de contratar servicios académicos que permiten que cualquier persona, independientemente de su escolaridad o conocimientos, se haga pasar por intelectual o por buen académico. La oferta que hacen estas agencias incluye: presentación del currículum vitae, redacción de ensayos, discursos, protocolos de tesis, tesis de todos niveles, proyectos, exámenes, y toda clase de tareas académicas y de gestión de recursos, escritas magistralmente por académicos de las más prestigiosas universidades del mundo.

Recientemente estuve en Inglaterra. Tuve la oportunidad de platicar con miembros de las comunidades académicas de las universidades de Oxford y de Cambridge y, entre ellos, varios han recibido ofertas por parte de estas compañías para integrarse a sus equipos de trabajo. No hago aquí alusión concreta a ninguna de estas compañías ni doy sus nombres porque no quiero, de ningún modo, promoverlas o hacerles propaganda. En cambio, sí quiero denunciar y dar elementos para que reflexionemos en esto.

Los académicos, sobre todo los estudiantes de programas de doctorado de diferentes áreas, reciben correos electrónicos que les ofrecen trabajo bien pagado, interesante y discreto. Ejemplo de cuánto pueden obtener los doctorantes que participan en esta modalidad del fraude académico es el monto ofrecido a estudiantes de ese nivel. Por un ensayo de 2 mil palabras les son ofrecidas 600 libras esterlinas, además de que se les apoya con becas, estancias de investigación y compra de libros, con el fin de que fortalezcan sus procesos de formación y actualización académica y adquieran mayor competitividad.

A los académicos que aceptan este ofrecimiento se les contrata, y entonces reciben hasta 50 mil libras anuales por ser miembros del equipo. Queda estipulado que no tienen obligación de aceptar todos los trabajos que se les pidan, pues se entiende que tienen carga académica propia que deben cumplir. Por los trabajos específicos que aceptan se les paga la mitad por adelantado, debiendo renunciar a los derechos de autor. De antemano, saben los autores que están vendiendo su producto y que, por lo tanto, otro será quien se atribuya la autoría y se lleve los reconocimientos.

Esto no puede ser considerado plagio, pues el que paga es legítimamente el propietario de la obra y, por lo tanto, tiene el derecho completo sobre el producto, sin importar si esto es legal o no.

Estando así las cosas surgen preguntas: ¿podemos dudar que hoy el conocimiento ha adquirido ya plenamente el estatus de mercancía? ¿Debemos y podemos evitar que la academia, su ética y sus instituciones sigan siendo invadidas por la racionalidad impuesta por el nuevo capitalismo, donde todo se vale en aras de competir y de ganar? ¿Con qué figura de académico nos quedamos? ¿Vendedores o compradores?




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