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María Herlinda Suárez Zozaya

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Capitalismo académico e inmovilidad política

Suárez Zozaya, M.H. (agosto 22, 2013). Capitalismo académico e inmovilidad política. Suplemento Campus Milenio. Núm. 523. pp. 2013-08-22

Cuando en el México del siglo XX gobernaba el PRI, la tradición de adscripción revolucionaria de los gobiernos exigía el compromiso con el pleno empleo y con los derechos laborales, así como con el cuidado del patrimonio público. Pero, estos compromisos son contrarios a la adscripción ideológica de los gobiernos que el país ha tenido desde hace tres décadas, así que de ellos, hoy, casi nada queda.

Desde finales de la década de los años ochenta, la política gubernamental en México ha sido de corte neoliberal. La adopción del neoliberalismo exige la implantación de una nueva cultura laboral y la privatización de los bienes públicos, porque su sustento es impulsar la dinámica capitalista. Esto no es nada nuevo: la expansión del capitalismo y su transformación requieren hacer cambios en las formas e intensidades de explotación de la fuerza de trabajo y en la distribución de la propiedad privada de los medios de producción.

El factor principal que permitió avanzar hacia el neoliberalismo y, prácticamente, aniquilar la antigua figura de “el trabajador”, y sus expectativas de tener un empleo de por vida, ha sido el constante crecimiento del desempleo. Las realidades y proyecciones de escasez del empleo se han convertido en una de las mayores preocupaciones de los mexicanos, sobre todo de los jóvenes.

Pero, por más que los gobiernos proclamen su voluntad de crear empleos, esta voluntad no busca amainar los sentimientos y realidades de escasez, porque la adscripción gubernamental sigue estando del lado del neoliberalismo. La sombra de la insuficiencia de empleo constituye el elemento esencial para construir el tipo de relaciones sociales y comportamientos políticos que requiere el neocapitalismo y por lo tanto le es funcional.

Pasados ya casi treinta años de que la sombra del desempleo se ha proyectado sobre el mundo, en México ya no hay vuelta de hoja: los compromisos con la revolución mexicana ya se esfumaron. La cultura laboral ya se ha transformado y las ideas y las prácticas de la “empleabilidad” y la”flexibilidad” se encuentran instaladas en muchos ámbitos del mercado de trabajo.

En realidad, el elemento esencial de la empleabilidad y la flexibilidad laboral es la “competencia” entre individuos, en su doble acepción: en tanto "aptitud", y en cuanto a disputar con otros. Por esta razón, en el sistema educativo, se ha promovido que las escuelas formen “empresarios de sí mismos” que estudien durante toda su vida, a fin de que traten de contender con las altas probabilidades de desempleo a partir de la continua auto-gestión de aptitudes (competencias). Además, se han estigmatizado las instituciones públicas, respecto a prestigio y calidad, con el objetivo de coadyuvar a sembrar la idea de que la educación es un bien privado.

Por otro lado, también en el sistema educativo se han impuesto métricas de rendimiento que se operan a través de mecanismos de evaluación que suponen la observación permanente y el sometimiento del trabajo académico a instancias de continuo examen. De hecho, si hay algo que los gobiernos neoliberales de México se han empeñado en remarcar es la ineficacia, ineficiencia e impertinencia de los maestros “antigüos”.

En el campo de la educación superior los dispositivos de evaluación del trabajo académico ya han sido instalados. Más que la sombra del desempleo aquí la proyección ha sido la del empleo precario. Con tal de recibir las becas y estímulos que ofrecen diversos programas, muchos investigadores y profesores han adoptado las lógicas de la empleabilidad, la flexibilidad del trabajo y la competencia. Incluso aceptan ser ellos mismos quienes aplican las métricas de rendimiento y desempeño a los compañeros, rompiendo así los vínculos de pertenencia a una misma comunidad.

Visto así, puede decirse que las universidades e instituciones de educación superior se cuentan entre las primeras instituciones en las que se ha instalado plenamente la lógica de la empleabilidad y la práctica de que sean los propios trabajadores quienes negocien individualmente sus ingresos, evitando la “contaminación sindical”.

En estas circunstancias se ha producido en el mundo académico, de la educación superior, la paulatina construcción de un sujeto al que se otorga la potestad para asumirse como un empresario de sí mismo. Los académicos reciben, en función de sus atribuciones, producciones y comportamientos, un ingreso-salario que los hace aparecer frente a sí mismos como siendo una suerte de empresa. Así las cosas, convertidos en empresarios de sí mismos, los profesores e investigadores se auto-representan como sus propios productores y como fuente de sus ingresos. Su interpretación es que todo lo que tienen se lo merecen, porque para ello se han esforzado.

En la actualidad, los dispositivos de poder aplicados en la educación superior se están tratando de imponer en la educación básica. Ojalá que las movilizaciones que están llevando a cabo los maestros para oponer resistencia impidan que suceda lo mismo. Porque, ahora ya se tiene experiencia, se sabe: la aplicación de los procesos de evaluación, en el marco de políticas que promueven la competencia, la empleabilidad y la flexibilización de los mercados de trabajo, naturalizan una situación de profunda auto-explotación y neutralizan políticamente a las personas.

Ahora ha quedado claro: lo que está pasando en el campo de la educación, de ninguna manera, es ajeno a la actual política energética del gobierno mexicano.




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