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María Herlinda Suárez Zozaya

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Inseguridad en los territorios juveniles

Suárez Zozaya, M.H. (mayo 09, 2020). Justicia de género en la UNAM. Suplemento Campus Milenio. Núm. 800. pp. 2019-05-09

En la actualidad, en México, como en muchos otros países del mundo, la violencia, el delito y la inseguridad se han convertido en problemas que impregnan la vida cotidiana y los imaginarios de la sociedad. La información de la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción de Seguridad Pública (ENAVIPE), en sus varias ediciones, corrobora la gravedad de estos problemas y muestra que, en el último lustro, las percepciones de inseguridad han venido creciendo entre la población, tanto a nivel nacional como en prácticamente todas las entidades. Hoy en día este imaginario radica en la mente de prácticamente todas y todos los mexicanos; de hecho los datos de la mencionada fuente señalan que, en 2017, el 75 por ciento de la población de 18 años y más, en el país, tenía la percepción de que su entidad era insegura.

Uno de los grupos sociales más vulnerados por la inseguridad han sido los y las jóvenes. La violencia y el delito se han convertido en eventos frecuentes en su vida cotidiana y, actualmente, entre ellos y ellas proliferan las percepciones de inseguridad territorial; sienten inseguridad en prácticamente todos los lugares en los que habitan y transcurre su vida. Estas percepciones, tienen sustento en la realidad y han tenido repercusión en la condición juvenil contemporánea deteriorando las relaciones sociales intra e intergeneracionales. Por ello, no sin fundamento, se suele decir que en México el tejido social está roto.

En efecto, una de las principales consecuencias de la inseguridad, real e imaginaria, que priva en el país es la enorme desconfianza que los y las hoy jóvenes sienten hacia las instituciones y, prácticamente hacia todos quienes los rodean. Los resultados de una encuesta realizada en Morelos en el marco del Programa Nacional para la Prevención de la Violencia y la Delincuencia (Diagnósticos Participativos, PRONAPRED-Morelos, 2015) dejan claro que, en los territorios estigmatizados como peligrosos e inseguros, los y las jóvenes (de 15 a 24 años) desconfían de quienes viven o transitan por estos territorios. No confían en los vecinos, ni en las escuelas, ni en las y los maestros, ni en los comerciantes, ni en los líderes religiosos, y tampoco en los comunitarios. Llama la atención que muchos y muchas desconfíen también de los jóvenes-varones. Al respecto resalta una importante diferencia entre hombres y mujeres: ambos grupos confían en “las” jóvenes-mujeres, pero significativamente menos en “los” jóvenes.

Las desigualdades por género respecto a los sentimientos de inseguridad son importantes. Varios estudios han mostrado que el porcentaje de victimizaciones en casi todos los delitos es mayor para el género masculino que para el femenino, sin embargo las mujeres tienen mayores niveles de sensación de inseguridad que los hombres. Esta paradoja parece una contradicción, pero no es así. Más allá de que sus causas se relacionan con problemas de medición debidos a sub-declaración de las violencias y delitos cometidos contra las mujeres y a la aceptación diferencial de los sentimientos de miedo e inseguridad que se dan según género, la explicación se encuentra en las acciones que están obligadas a tomar las mujeres en la vida cotidiana, que van desde estrategias para protegerse, hasta limitar su libertad y participación en los espacios sociales y en la vida pública. La yuxtaposición entre condición juvenil, género femenino y territorios peligrosos produce un escenario de vulneración social triple en el que el mayor temor que sienten las jóvenes-mujeres a ser violentadas en los espacios públicos reproduce y refuerza los patrones culturales de imposición del género ya que impide a las jóvenes el ejercicio de su derecho a la autonomía y al libre movimiento.

Los sentimientos de inseguridad con los que viven los y, sobre todo, las jóvenes en México están presentes también en quienes son estudiantes. En la UNAM, en el seno del Seminario de Educación Superior (SES), durante el segundo semestre de 2011, levantamos una encuesta que captó información acerca de los estudiantes de licenciatura de todos los campus situados en el área metropolitana de la Ciudad de México. Entre otras cuestiones, se preguntó a los alumnos su opinión sobre la seguridad, o inseguridad, del país, de la ciudad, de su barrio o colonia, de las calles por las que transitan, de su escuela, de su casa y de su trabajo. Los dos primeros sitios (el país y la ciudad) obtuvieron porcentajes mayores al 80 por ciento para el valor inseguro; para “tu barrio” y para “las calles por las que transitas”, el porcentaje de estudiantes que contestaron “inseguro” fue mayor de 50 por ciento y para “tu escuela”, “tu casa” y “tu trabajo” los porcentajes fueron de 14 por ciento, 7.1 por ciento y 16.1 por ciento, respectivamente.

Quiero destacar aquí dos variables clave que explican desigualdades entre los y las estudiantes de la institución respecto a los sentimientos de inseguridad: el género y la situación territorial del campus al que asisten. En el caso del género, resulta notorio que las desigualdades entre hombres y mujeres son estadísticamente significativas (ver cuadro), prácticamente en todos los espacios. No cabe duda de que entre las estudiantes de licenciatura de la UNAM, la generación del sentimiento de inseguridad está más presente que entre los estudiantes. Y, en cuanto a la distribución de este sentimiento por campus también se encuentran desigualdades estadísticamente significativas que en todos los casos son desfavorables para las ENES. Particularmente, en el conjunto estudiantil de nivel licenciatura que asiste a sedes de la UNAM situadas en Zaragoza y en Aragón la sensación de inseguridad está mucho más presente.

El problema de la violencia de género en la UNAM está lejos de estar resuelto, pero en los últimos años la institución ha desplegado una serie de acciones y programas para darle visibilidad y combatirla. Sin embargo, la desigualdad territorial es una arista de la violencia institucional que permanece invisible no solo en la UNAM sino en todo el terreno de la educación superior. En términos de segmentación institucional y desigualdades académica y socioeconómica de los estudiantes ha sido escasamente tratada como problema de inequidad, y nada se dice y mucho menos se hace respecto a la inseguridad que enfrentan y sienten cotidianamente los y las jóvenes que son estudiantes de entidades situadas en territorios inseguros. Este texto es una invitación a reflexionar en ello y a tomar acciones conducentes.

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